— POR IGNACIO ANAYA —

¿Qué representa septiembre? Para las y los mexicanos es el mes patrio. En estas fechas, hace poco más de doscientos años, comenzó una lucha en México que se prolongó durante once años y culminó con su independencia. Nacía, pues, una entidad soberana. Sin embargo, el mes patrio encierra más que puro patriotismo. Los colores nacionales por todas partes invitan a reflexionar sobre sus significados porque en ellos radica la fuerza que adquieren los discursos en estas fechas. En este mes se entrelazan con un impulso impresionante la historia, la política y la cultura.

El pasado ha servido reiteradamente como medio de legitimación para diferentes gobiernos, sobre todo a partir del surgimiento del Estado-nación moderno, esto es, la conformación de una entidad política que ejerce soberanía en un territorio delineado y cuyos habitantes se conciben como parte de una misma comunidad (la nación). Los gobiernos de estas naciones emplean distintos recursos para unir conceptualmente a su población. El México de la primera mitad del siglo XX fue especialmente prolífico en este aspecto. Durante ese periodo, los gobernantes recurrieron a la retórica nacionalista y al discurso histórico como herramientas esenciales para moldear la identidad nacional. De ahí que hoy, sin importar de qué estado provengamos, podamos experimentar un sentimiento de pertenencia al ver y escuchar a un mariachi.

Fue en aquellas décadas, sobre todo después de la Revolución mexicana, cuando se crearon y consolidaron varios de los elementos que ahora podemos llamar “mexicanos”. Con lo mexicano,  la población podía unirse en torno a una identidad. En esencia, era —y es— la manera en que un sonorense, un bajacaliforniano, un oaxaqueño y un yucateco se reconocieran en un símbolo común y compartieran un sentimiento atrayente de pertenencia nacional. La conmemoración del pasado, articulada gracias a una historia nacional, ayudaría a tal labor.

Esta historia nacional no se componía solo de relatos cronológicos o listas de datos, pues más importantes eran los discursos con carga ideológica. Porfirio Díaz ya había establecido una estrecha conexión entre los héroes nacionales y su propio régimen. Sin embargo, al estallar la Revolución mexicana en 1910, sus opositores también recurrieron al pasado personificado; así, por ejemplo, Francisco I. Madero se adjudicaba una fuerte conexión, incluso trascendental, con Benito Juárez. Esto continuaría con los vencedores de la contienda.

Al igual que sus antecesores, los gobiernos posrevolucionarios confirieron un lugar especial a las celebraciones de septiembre. Estos trazaron una línea de continuidad temporal en la narrativa del pasado articulada en torno al concepto de patria y la exaltación de lo mexicano. A ese relato se le otorgó un rol unificador para toda la nación. Era, pues, una época de ferviente nacionalismo.

Para lograr el resultado de semejante ecuación, se recurrió al arte, la música y la prensa, entre otros recursos. El 15 de septiembre de 1930, un columnista del periódico El Nacional Revolucionario escribió un elogio de la independencia del país titulado “El nuevo patriotismo”.  En el texto, señalaba la formación de nuevas conciencias políticas y nacionalistas dentro de un relato unitario de la historia de México, estableciendo, asimismo, un vínculo de continuidades y novedades generacionales: 

“Los grandes héroes de la primera jornada tienen un verdadero culto en el alma popular; los de la jornada de la Reforma han adquirido un eminente prestigio de directores de la nación en sus problemas íntimos; y la tercera etapa va dejando ya, purificada por la crítica histórica y exaltada por la muerte, una nueva falange de organizadores efectivos de la nacionalidad mexicana […] La Revolución, la honda y potente, que se está infiltrando en el corazón de la República, es la de una fraternidad social, laboriosa y fecunda. Los héroes del año diez ya soñaban con una patria así.”

El fragmento es largo, pero me parece bastante claro al mostrar estos juegos del pasado con el presente de aquel entonces mediante un determinado discurso histórico. Se puede leer un enlistado de los grandes periodos en la formación de México, hasta llegar a la etapa política de su tiempo. Esta última permanecía abierta, aunque sus protagonistas asumían la responsabilidad de dirigir el rumbo de la nación, como antes lo habían hecho sus antecesores. Para reforzar ese vínculo entre épocas, el autor proponía una lectura teleológica de los independentistas, en la que el México posrevolucionario representaba la realización de sus anhelos para el futuro. No se trata aquí de juzgar este texto. Si los observamos desde nuestro ahora y sin juicios anacrónicos, podemos acercarnos un poco más a las concepciones de la historia oficial en las que se inscribía.

Septiembre es un juego de tiempos nacionales. Es el mes de los símbolos de un pasado que, con el transcurso de las décadas, hemos asumido colectivamente. Desde el presente imaginamos ese ayer, los simulamos y, queda decirlo, nos extasiamos ante sus símbolos.

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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, es creador de “El pasado a color”, columnista en El Heraldo de México y Vértigo Político, y colaborador en “El dedo en la llaga”.

@IgnacioMinj

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