— POR IGNACIO ANAYA —
Un centenar de personas descargó su ira contra los presuntos delincuentes. A ellos se les acusaba del doble feminicidio de una niña de 12 años y su abuela. Los habían detenido. La gente, con los ánimos efervescentes, desconfiada de la autoridad, entró a la presidencia municipal y allí raptó a los supuestos culpables, quienes se hallaban en una celda. Los linchó en la plaza central; los pobladores se turnaron para agredirlos y uno de los acusados perdió la vida. Puñetazos, patadas e insultos quedaron grabados en un video. Esto ocurrió en Ostuacán, Chiapas, el 24 de octubre de este año.
Hace años realicé un ejercicio para conocer más sobre el fenómeno que llamamos linchamiento. A pesar de manifestarse de diferentes formas, por lo general en el terreno de la representación lo asociamos con la imagen de la ejecución de una o más personas por una multitud, a expensas del Estado de derecho. Recopilé distintos periódicos, locales y nacionales, cada semana durante cuatro meses, para buscar en ellos noticias referentes a los linchamientos. No batallé mucho en tener un repositorio de datos, dado que al menos había tres intentos de linchar a alguien cada dos semanas.
Aquel fue un ejercicio simple sin una recopilación crítica de fuentes. Eso sí, comencé a darme cuenta de que la violencia de la turba era más común de lo que creía. México cuenta con una lista bastante amplia. Según el proyecto Linchamiento en América Latina (LYLA, por sus siglas en inglés), desde el 2010 al 2019, el país tuvo el número más alto de casos de toda Latinoamérica con 1134 linchamientos y la tercera tasa más alta en la región, al registrar 9 hechos por cada millón de habitantes.
Al linchamiento lo rodea un aura de espectáculo que hace de lo violento un evento público y social. En la historia de Estados Unidos se pueden hallar decenas de casos en los cuales cientos, incluso miles, de personas acudieron a ver cómo se linchaba a alguien. Después de efectuada la ejecución, se podían encontrar fotografías del acontecimiento vendidas como souvenirs y, en unos cuantos linchamientos, los linchadores se llevaron de recuerdo algo de la víctima (prenda o parte del cuerpo).
Otro caso reciente fue el de Taxco en marzo de 2024, cuando una muchedumbre linchó a los implicados en el secuestro y asesinato de una menor de edad. El suceso, que terminó con la muerte de una presunta responsable del delito, fue compartido en video y fotografía por miles de usuarios en las redes sociales. A esto le siguió una serie de opiniones, a favor y en contra, y debates sobre la naturaleza del fenómeno y la percepción de la justicia en México.
Dos elementos claves, me parece, propagaron este linchamiento: el primero fue la localización. Taxco es uno de los sitios turísticos más importantes de Guerrero, lo cual aumenta su visibilidad ante personas externas; esa misma condición impacta en el imaginario sobre los lugares donde se puede esperar que ocurra un caso de tal índole. El segundo fue la naturaleza del delito, un feminicidio, que durante los últimos años figura al hablar de la violencia debido a su recurrencia, y se puede llegar a concebir como uno de los principales males en la sociedad mexicana. De manera similar, este delito adquirió un protagonismo notable en Ostuacán.
Esta justicia extralegal guarda en ella la cualidad de la inmediatez. En poco tiempo el individuo se torna culpable; no existe la inocencia en este sistema. En cuanto se busca cuestionar la culpabilidad del sospechoso, se rompe con lo inmediato. La velocidad para linchar refleja a una sociedad que se niega a un proceso largo para la aplicación de la justicia, al considerarlo ineficiente.
El linchado es asimismo la acumulación, contenida en un individuo, de los crímenes percibidos por la sociedad. No importa si la agresión es robo, violación o secuestro; para los participantes de los linchamientos, todos estos elementos son parte de un problema mayor. Tales actos de violencia colectiva son producto de un hartazgo ante la inseguridad de la zona. Allí el rumor se vuelve verdad. En ese panorama, se puede esperar que, ante el mínimo indicio de un atentado contra la comunidad, la respuesta sea violenta.
Sin embargo, me gustaría terminar mencionando que estos hechos generan reacciones encontradas en el resto de la población. En las redes sociales hay, por un lado, apoyo de quienes denuncian la falta de seguridad y ven en el linchamiento una medida comunitaria para frenar los agravios existentes, y, por el otro, crítica de quienes ven en la turba una manifestación de la barbarie humana que atenta contra el imperio de la ley. No se hablará mucho de linchamientos, pero cuando ocurren desatan emociones. Ahora ocurrió en Chiapas, en donde un video captó el espectáculo.
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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, es creador de “El pasado a color”, columnista en El Heraldo de México y Vértigo Político, y colaborador en “El dedo en la llaga”.
@IgnacioMinj
