POR IGNACIO ANAYA
Tragedia, controversia y espectáculo: tres palabras que describen el escándalo que azotó a la comunidad académica inglesa en los últimos días. Lo que fue un caso tan famoso que la prensa internacional le dedicó un amplio seguimiento se ha convertido en una de las manchas más grandes en la historia contemporánea de Cambridge y de los medios ingleses.
El protagonista de esta historia se llamaba Jason Arday, sociólogo de la educación, quien en 2023, a los 37 años, se convirtió en el profesor negro más joven en la historia de Cambridge. Para la universidad y muy probablemente para el propio Arday esto era un gran logro. Se volvió una superestrella académica. El joven profesor fue a entrevistas y escribió columnas en donde hablaba sobre la educación y la desigualdad racial. Con todo, se encontraba en la cúspide que muchos académicos anhelan.
Todo esto terminó de manera trágica entre el mes pasado y hasta el día 14 de agosto. Primero salió a la luz que Arday plagió gran parte de su tesis de doctorado; después, tras días de escrutinios, comentarios, declaraciones y un seguimiento masivo alrededor de él, se dio a conocer que había sido hallado sin vida en su casa. Los señalamientos no eran nuevos; de hecho, el profesor ya se había amparado en una firma de abogados y policías para que un periodista dejase de investigarlo. Las acusaciones resurgieron en julio, en gran medida a raíz de un artículo del controversial filósofo del “realismo racial” Nathan Cofnas.
Lo que siguió fue un escrutinio como el que nunca había visto de la vida de un académico, ejercido por la prensa inglesa y varias personalidades de la derecha inglesa e internacional. Muy al estilo de la farándula se revelaron más detalles de la vida de Arday, los cuales dibujaban un perfil bastante peculiar y una trayectoria que parecía moverse entre la ficción y la realidad.
Alrededor de este caso hay una enorme cantidad de responsabilidad. No digo esto con la intención de presentar a Arday como una víctima, sino para señalar lo que observo como una anomalía con respecto al plagio, la academia y, sobre todo, quien lo comete.
Antes que nada, se debe señalar la propia responsabilidad de Cambridge. Que alguien como Arday haya llegado a ser profesor de una de las universidades más prestigiosas del mundo plantea serios cuestionamientos y obliga a un ejercicio de introspección sobre los procesos de selección en la academia y la seriedad que conlleva el plagio. Más aún, todo el camino que llevó a sus credenciales académicas despierta serias dudas que inician con una pregunta muy simple pero potente: ¿Sí nos estamos leyendo?
Dicho lo anterior, más llamativas y de mayor peso en todo este asunto fueron la reacción y la cobertura de la prensa y grupos de derecha. Como ya lo mencioné, nunca había observado un seguimiento tan escrupuloso de la vida de un académico. Según una investigación de la plataforma Newscord, se publicaron 249 artículos en la prensa inglesa sobre Jason Arday en los 22 días previos a su muerte. Esto sin contar la prensa internacional ni menciones en redes sociales. ¿Merecía un plagio tal seguimiento? Es aquí donde la cuestión empieza a tornarse extraña. Los plagios en la academia son más comunes de lo que uno podría creer; casos como el de Arday han ocurrido en repetidas ocasiones sin que hayan recibido tal atención.
Detrás del caso Arday había un interés de sectores de la derecha. La razón es que el sociólogo era justo el tipo de persona que estos grupos buscan para legitimar sus posturas. En los últimos años han denunciado que las universidades son centros ideológicamente sesgados hacia la izquierda. En específico, lo ven en las áreas de humanidades y ciencias sociales. Según denuncian, estos espacios abandonaron el conocimiento (que, bajo su concepción, debería aspirar a la objetividad) y lo intercambiaron por disciplinas que parecieran perpetuar ideológicas vinculadas a la izquierda, como los estudios de género y la teoría crítica de la raza. Eso es lo que afirman.
De ahí que Jason Arday fuera su prueba más contundente, una que no soltarían fácilmente porque les daba la razón. De hecho, todos estos individuos no tienen más que agradecerle a Arday por estos últimos días. Aquel artículo que desató todo este proceso no surgió de una heroica necesidad de defender la integridad académica. Cofnas presentó pruebas contundentes de plagio, eso es cierto, pero Arday era su sujeto de estudio. Esto cobra más sentido cuando uno lee sus declaraciones de que la academia no es un espacio para la gente de color. Aun así, ante la defensa de Arday y de sus seguidores, según la cual todo cuestionamiento en su contra obedecía a motivos raciales, tal vez solo alguien como Cofnas podía desenmascararlo.
Esto fue un circo en que tanto la derecha como la izquierda tienen una responsabilidad que probablemente jamás aceptarán. Lo irónico es que se complementaban. Cada una necesitaba de la otra para sentirse bien con sus posturas. Tampoco hay que negar que todos lo consumimos, nos entretuvimos y hasta nos divertimos al leerlo. Cada nueva noticia que salía acerca de sus mentiras nos dio contenido. De la misma manera en que todo ocurrió, no pasará mucho para que lo olvidemos. Solo queda decir que Jason Arday fue un gran charlatán, de los mejores en los últimos tiempos; le dio de comer a la izquierda y a la derecha, que nos recordaron lo ridículas y peligrosas que pueden llegar a ser las confrontaciones ideológicas actuales.
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El autor es Licenciado y Maestro en Historia, es creador de “El pasado a color”, columnista en El Heraldo de México y Vértigo Político, y colaborador en “El dedo en la llaga”.
@IgnacioMinj
